Los árboles y sus usos diversos (I) : De lápices, bolis y plumas estilográficas

Esta idea surge de este bolígrafo hecho artesanalmente con madera pulida de kiatt (extraída de la raíz de este árbol) que me regaló mi amiga Mamen hace ya unos cuantos años.

Busqué la referencia ayer y me documenté sobre este artesano, Ezequiel Larrañaga, que tiene su taller en Calpe aunque Mamen me compró el bolígrafo en la Mostra d’Artesanía de Altea.

https://www.alteablog.com/artesania-altea/

Ezequiel Larrañaga (Mar del Plata, 1968)

Autodidacta, inventor,  artesano,  emprendedor. De chico empezó con la mecánica de motos. Fue aprendiz de matricero en E.E.U.U. Y a fines de los 80  fabricaba circuitos para acelerar las computadoras Apple. En una primera etapa en España trabajo como “Rematador” en la construcción, que es quien se dedica a los detalles y finales de obra. En Argentina desarrolla la patente N° 3265 otorgada por el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual por la invención de una herramienta para despintar rejas. Continua matriceria en Argentina.

En una segunda etapa en España, por medio de la tornería artística y el legado del gusto por las lapiceros nace  un emprendimiento dedicado a difundir sus trabajos artesanales en la fabricación de plumas y otros artículos de escritura. Comienza la investigación y estudio de construcciones alternativas naturales.

Ya de regreso en la Argentina en la línea bioconstructiva, es en este momento que se fusiona el Equipo de Plan B del cual forma parte, contando con experiencia, desarrollando técnicas y el trabajo en equipo, convencido de que este  camino, el de la bioconstruccion es legitimo, 100% saludable para los habitantes y sobre todo para nosotros; los ejecutores de este plan, el Plan B.

http://planbbioarquitectura.wixsite.com/planb/hay-equipo

Sobre el árbol kiaat o kiatt (lo he encontrado escrito de las dos maneras)

http://lavozdelmuro.net/conoce-los-increibles-arboles-que-lloran-sangre-toda-una-curiosidad-de-la-naturaleza/

Nunca me había parado a reflexionar sobre la composición de los lápices. Siempre creí que estaban fabricados de haya o de cedro y quizá de pino, los alpinos.

Cada vez que huelo a lápiz me transporto a varios escenarios vividos :

  • mi educación en la infancia

Esos lapicillos que pasaban de un hermano a otro y a mi me llegaban ya desgastados y mordisqueados al ser la pequeña de seis hermanos.

Los lápices de colores Alpino que todos tuvimos en nuestras manos que supongo que se llaman alpino por el paisaje alpino que llevan en el estuche aunque, verdaderamente, no se si estaban hechos de pino ya que la madera de pino es una madera muy blanda.

 

El origen de Alpino se inicia en 1933 en Anglès (Girona) cuando los hermanos Masats utilizaban los trozos de madera que sobraban de la fábrica de juguetes donde trabajaban y, en su cocina, elaboraban los primeros lápices y minas de colores.

http://www.alpino.eu/alpino/es/empresa/historia/

  • el lápiz rosa perfumado de mi hermana Mercedes

Un lápiz inalcanzable para mí. Se me había olvidado incluirlo en el primer borrador. No se cómo lo había podido olvidar con lo que significó para mí.

  • mi trabajo de Educación Compensatoria en la Sierra de San Vicente

Antes de mi trabajo clínico, trabajé en el mundo de la educación. Formé parte de un Equipo que prestaba apoyo a las Escuelas Unitarias de las zonas más desfavorecidas de la provincia de Toledo, dentro de lo que vino a llamarse “educación compensatoria”. La escuela olía a leña y a lápiz. Los lápices se apuraban hasta que ya no se les podía sacar más punta, al igual que las gomas de borrar, no como ahora que vivimos en esta civilización del desperdicio.

  • la clase de pintura de Rosa Canales

De Rosa no es la primera vez que hablo en el blog. Una profesora rusa, hija de padre español, que fue la profesora de pintura de mis tres hijos. En su aula olía a lápiz. Era muy respetuosa con los lápices. Ningún lápiz se despreciaba por pequeño que fuera o por destrozado que estuviera. Mi hijo Pablo era uno de los alumnos a los que Rosa encomendaba tener los lápices bien afilados y a punto.

  • algunos lápices de la colección de mi amiga Francesca

Mi amiga Francesca es una enamorada de los lápices y le gusta coleccionarlos

  • algunos de mis lápices

  • mi hija huele a lápiz

Ahora mi hija Nuria, que está trabajando en un proyecto de Educación Montessori, también huele a lápiz y me ha vuelto a traer olores de infancia.

Antecedentes del lápiz

Antes de que apareciera el primer lápiz tal y como lo conocemos, durante la Edad Media se empleaba ya una especie de brocha llamada penicillum para marcar el papel con tinta. Y en tiempos del imperio, los romanos usaban una caña con pelos de animal recortados, aunque también escribían con punzones de hierro sobre tablas de cera. No fue hasta el primer tercio del siglo XVI que el pintor y grabador alemán Alberto Durero inventó algo más parecido a un lápiz: una barrita de plomo y cierta aleación de estaño llamada punta de plata.

http://www.yorokobu.es/lapiz/

Enlaces de interés

El blog “Los árboles invisibles” merece la pena conocerlo no solo por la entrada referida al lápiz, que cito abajo, sino por la filosofía que lleva implícita.

http://losarbolesinvisibles.com/madera-de-lapiz/

http://elproyectolapiz.blogspot.com.es/2014/10/maquinaria-equipos.html

https://www.yorokobu.es/lapiz/

Mi amiga Mamen comparte imágenes de escritorio y foto de su hija Sara cuando era pequeña disfrutando de la escritura con tinta y plumilla.

Uno de los bolígrafos es un regalo muy especial. Está realizado en madera de ébano y otra que no recuerdo y con un soporte también de madera en el que va grabado su nombre “Mamen”. El otro realizado con caña al igual que el estuche.

 

Colaboraciones sobre el lápiz

He pedido a algunas personas apreciadas de mi entorno que me escriban sobre lo que los lápices, bolígrafos y plumas han significado en sus vidas.

Recibo la primera colaboración de Vidal Arredondo del que hablé hace unos días en el blog a propósito de un dibujo a plumillla que me regalara de la Iglesia de San Miguel el Alto de Toledo.

https://creciendoentreflores.wordpress.com/2017/09/08/un-regalo-inesperado-entre-plumillas-la-iglesia-de-san-miguel-el-alto-entre-granados-y-olivos/

LAPICEROS, BOLIGRAFOS, PLUMAS…

Creo que nací con un lapicero, mejor dicho, con una pluma estilográfica, no debajo del brazo (¡ojalá!), sino directamente en la mano.

Con esa afirmación tan tajante se puede adivinar ya mi vocación. Desde muy pequeño, con cuatro o cinco años, me apasionaban los lapiceros, los únicos que conocí en mis primeros años puesto que todavía no existían los bolígrafos o al menos no estaban al alcance de los que me rodeaban, y ya comencé a fijarme en las plumas estilográficas como el “no va más” del tesoro que me gustaría tener. Las admiraba e incluso las idolatraba, y si surgía alguna ocasión de poder estar cerca de una, recuerdo que aproximaba lentamente la yema de los dedos para acariciarla. Temía que la pudiera romper o estropear.

En el Colegio, en el primer año, era un desastre. Cada día perdía (o me quitaban) un lapicero, lo que me suponía un disgusto, y no sólo para mí, sino para mis padres, que acabaron por cortar el lapicero en dos mitades (¡un crimen me parecía aquello!, aunque en aquella época no estaban las economías familiares para tales dispendios). Incluso acabaron atando una cinta larga y me lo colgaban al cuello (¿?) por encima del “babi”.

Observaba mucho a la gente cuando escribía, cuando cogía un lapicero, la forma de sujetarlo, incluso de gesticular manteniéndolo entre los dedos anular, índice y corazón. El color, el tamaño, la punta del lapicero: todo me atraía. No me gustaba, por ejemplo, que no tuviera la punta bien afilada, aunque también me molestaba que lo estuviera excesivamente. Me gustaba que sobresaliera bastante el grafito y que la madera estuviera rebajada con las muescas naturales que dejaba una navaja o cuchillo y que fuera mi padre quien sacara la punta porque lo hacía muy bien y a mi gusto y, sobretodo, porque no se le rompía como a mí. No era amigo tampoco del sacapuntas porque las rompía y acortaba en unos segundos excesivamente el tamaño del lápiz que me gustaba que fuera siempre largo, como recién estrenado. Me dejaba de atraer y no me apetecía ni me salía “bien” la letra o lo que estuviera escribiendo o dibujando, cuando quedaba reducido por debajo de las tres cuartas partes. Los cuadernos de caligrafía conocían bien mis gustos y preferencias.

Mi padre era carpintero y ya desde muy pequeño le ayudaba en el taller. La imagen que tenía de él era con una boina o pañuelo anudado en las cuatro esquinas para evitar ensuciarse de polvo y serrín el pelo, y con un lapicero de color rojo, plano (de carpintero) encima de la oreja. No me importaba mucho lo del lapicero en la oreja porque ese lapicero de carpintero no me gustaba, pero cuando se ponía uno de Johann Sindel (de “guasi”) me parecía que se cometía un sacrilegio con el lapicero. ¡No eran formas!. Lo mismo sentía cuando veía al tendero, al verdulero etc. con el lapicero sujeto de tamaña forma.

Con los lapiceros de colores me sucedía otro tanto. Creo que los más comunes o baratos eran de la marca “Alpine” en cuya caja se veía dibujado un cervatillo. Los había de 6 y 12 colores, aunque, salvo en Reyes, tenía que conformarme casi siempre con la caja de 6 y me veía en la necesidad de apurarlos hasta el límite cuando sólo podía sujetarlos con dos dedos. Me encantaba dibujar mapas (era lo más sencillo) y los dibujos alusivos en los cuadernos de Historia o Religión. De cualquier forma me gustaba más dibujar con el lapicero resaltando los bordes y el sombreado intentando darle distintas degradaciones para que adquiriera volumen.

A los siete años cuando hice la Primera Comunión me regalaron mis tíos de Alcalá de Henares (en este caso es cierto que tenía un tío en Alcalá) una pluma estilográfica “Ciros”. Era de color azul metalizado y la caperuza de color dorado. Una gran alegría, pero al mismo tiempo me llevé un disgusto: mis padres sólo me la dejaban para escribir en casa, no se atrevían a dejarme que la llevara al colegio por si la rompía o me la quitaban. Con esa pluma comencé a ser el cronista de mi casa ya que me encargaba, al dictado de mi padre o madre, a escribir a la familia que vivía fuera con el consabido sainete del comienzo: “Queridos hermanos y sobrinos. Cuatro letras para desearos que esteis bien, nosotros aquí bien A.D.G…” La verdad es que en el Colegio era obligado escribir con pluma o plumilla con palillero y los pupitres tenían huecos para colocar tinteros de cerámica blanca, con tinta azul y roja, para los cuadernos de limpio. Así estuve tres años con lo que adquirí mucha soltura y experiencia para escribir con pluma o plumilla. De hecho, me gustaba tanto la plumilla que en mi época de la “edad del pavo”, con 14 años, escribía mis poesías, historias y novelas con plumilla en mi habitación, que luego leía a mis amigos, a los que agradezco su interés ya que seguían las aventuras que escribía con la mayor emoción y silencio, aportando al final ideas sobre cómo debía haber afrontado alguna situación o el final, lo que me animaba a transcribir lo que mi imaginación desbordante de historias y aventuras dictaba a mi mano.

Con los bolígrafos, más de lo mismo. También me gustaban, pero menos que las plumas. El Bic de cristal no me atraía mucho. Se fueron perfeccionando y aumentaron la oferta de distintas marcas y modelos, y comencé a fijarme en los “Parker”, Pelikan, Inoxcrom, etc. y en general eran más de mi gusto aquellos que tenían la punta cónica, creo que escribía mejor con ellos en todos los sentidos. Admiraba a los médicos cuando mi madre me llevaba a consulta y veía cómo escribían con unos bolígrafos o plumas que me parecían estupendas, aunque al ver su letra “de médico”(como se decía entonces) con esa letra ilegible y de desiguales rasgos, me desilusionaba un poco. ¡La letra, la mejor letra, tenía que ir acompañada de una buena pluma, de un buen bolígrafo, lo mismo que de una buena pluma y de un buen bolígrafo tenía que salir una buena letra!.

Ahora, ya con bastantes canas, continúo siendo fiel a plumas, bolígrafos y lapiceros, por ese mismo orden y se me van los ojos detrás de cualquier elemento de escritura, es más, cualquier objeto de escritorio. Tengo grabado en lo más profundo de mi memoria el olor a la madera de los lapiceros recién afilados, el olor de la tinta, del papel, el olor de las librerías cuando en el otoño acudíamos a comprar el material para el curso, libros y cuadernos, pero sobre todo, por encima de todo, esos objetos de escritorio que me apasionan, mirarlos, mejor dicho, admirarlos, tocarlos y sentir como se deslizan sobre el papel con más o menos suavidad, con el trazo más o menos grueso, con la alegría y el orgullo del que posee el objeto más querido y preciado del mundo. En ese momento, escribiendo, el hombre me parece que adquiere su aspecto más noble. (Vidal Arredondo Sánchez de la Poza)

Me responde también rápido Juan MªJosa

http://dibujandoydivagando.blogspot.com.es/

Sobre lapices...
Desde pequeño siempre me gusto hacer monigotes y garabatos, para ello los bolis y los lapices eran mis recursos, aunque sufría mucho con ellos. A los bolis Bic les tenía mucha manía y se lo sigo teniendo. he descubierto que si escribo con boli mi letra es un asco (eso me acarreó más de un examen sin corregir).
También tenía mucha manía a los lapices de colores, aun hoy en día procuro evitar los colores cuando dibujo, aunque a veces he descubierto sus bondades.
Luego ya me pasé a la tinta, y ahora como dice una amiga, soy un señor con muchas plumas. Tampoco tengo tantas, y ademas suelen ser baratas, algo raras eso sí, por ejemplo, hay unas japonesas, con el plumin fude (pincel) que es como si el plumín estuviese torcido, que son muy divertidas y te permiten manchar mucho, adjunto dibujillo (la sailor).
También me gusta dibujar con una caña, cálamo en plan culto, las que uso son de cañota normal y corriente, y manchas y te manchas, pero es un placer.
Respecto a lapices, ahora los tengo buenos y muy buenos, pero los que más me gustan y aún uso son los de carpintero, que se les saca punta con la navaja, son a la vez sencillos y con personalidad propia.
En cualquier caso en este mundo tan digital, el sentir como vas dejando una huella, que a veces mancha, que huele y que interactúa con el papel o el cartón o lo que sea es una experiencia impagable.(Juan Mª Josa Mutaberría)

Y Miguel Ángel Pérez Lucas

La vida a lápiz

Dicen que los recuerdos asociados al olfato son los últimos que se pierden, ocurre así porque las células nerviosas del bulbo olfatorio se regeneran hasta las últimas fases de la vida, según explican los neurocientíficos; debe ser cierto pues, cuando huelo una goma de nata de MILÁN, emergen con nitidez a mi memoria aquellos momentos en los que comencé a usar un lápiz.

Como todos los niños aprendí a escribir haciendo palotes con un lapicero STAEDLER Made in Germany Noris; eso ponía en uno de los planos negros, que se alternaban con el amarillo, de su forma hexagonal, coronado por una especie de gorrilla roja. Asía la herramienta por la punta apretando fuerte con mis pequeños dedos. Muy concentrado, a veces se me caía el moquillo, llenaba innumerables hojas de cuadernos Rubio.

Primero fueron palotes, luego rayitas, líneas quebradas, onduladas, espirales, redondeles… yo seguía la muestra concienzudamente, como si fuese un mantra: palito, palito, palito.

A fuerza de repetición comencé a escribir vocales: esa o redondita que acababa con un pequeño ojal, la í con su simpático puntito, la facilona u… Entre el olor a goma de borrar y de virutas de madera que salían de un sacapuntas mágico transcurrían las mañanas de mi primera infancia. Con el tiempo llegaron las consonantes, las palabras: mamá, papá, toro, día; las frases: mi mamá me mima, Raúl juega con la pelota, el esternocleidomastoideo es un músculo del cuello.

Cierta mañana lluviosa de octubre la maestra me ordenó escribir en otro cuaderno la primera frase significativa de mi vida, cuya pretensión era modificar mi comportamiento: “No volveré a hablar en clase”, con sus variantes, “No volveré a gritar”, “No tiraré papeles al suelo” y así.

Mi madre se interesaba vivamente por mi escritura, a modo de refuerzo me dictaba textos para que practicase la ortografía, escribía frases que incluían palabras trampa, como exuberante, alcohol, campana o almorávides. A veces era cuestión de acertar… Tenía una letra bastante legible, aunque a veces se apelotonaba un poco, en cambio la de mi madre era redondita, precisa, impecable. Con el tiempo mi caligrafía también fue buena.

Transcurrieron los años, del lápiz de mi infancia, pasé al bolígrafo del BUP y el COU, al rotulador de punta fina de la Universidad, a la Olivetti de mis primeros en la redacción de una radio. Ahora casi todo lo que escribo lo hago a través de los asépticos e inodoros IPhone y el Mac. Mi hijo expresa sus ideas y realiza sus trabajos de clase en una tableta y, de broma, le digo ¿pero tú sabes escribir con un lápiz? Mientras soslayo lo que me pregunto a mí mismo ¿qué ha sucedido para que hoy, cuando tomo apuntes a mano, casi no entienda mi letra?

Medio siglo después de aquella primera infancia mi madre sufre Alzheimer. Le llevo lapiceros para que se entretenga, mi padre le dictaba textos para que preservara lo más posible su capacidad neurológica y su coordinación ojo-mano, le dibujaba en una libreta flores, casas, y animales que ella coloreaba con gusto y concentración.

Como todo el mundo sabe el Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa e irreversible y, en este momento, solo pinta palotes y rayas, como yo cuando empezaba.

En ocasiones le acerco a la nariz una goma de nata de MILÁN. Ella levanta la mirada y me sonríe profundamente.(Miguel Ángel Pérez Lucas)

Dicen que lo breve y bueno, dos veces bueno. Así que cuelgo esta aportación breve de Marcelino Cabrera

Recuerdo de mi infancia en lapices y otras cosas

Los recuerdos de mi infancia en lápices (y otras cosas) son pobres. Lo mío era más bien borrar. Recuerdo que me afanaba con las gomas Milan. Las que borraban la tinta del boli me exasperaban porque siempre se me rompía el papel.

Las de lápiz me las comía

De mayor no dudé en hacerme digital ;)(Marcelino Cabrera Giraldez)

 MªÁngeles Pozuelo

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